La ilusión de Fidel y el Che en un niño de 12 años

Sin proponérmelo, tuve la suerte de acceder a un testimonio hermoso escrito por un adolescente, a los pocos días de ser testigo de acontecimientos que, sin duda, marcaron su vida.

Ocurrió de este modo: fui al estudio del artista José Fuster a buscar una libreta de teléfonos que me había prometido, pero se excusó. Había olvidado el encargo y en su lugar me dio otra libreta e iba a pintarle el alfabeto cuando, al darme cuenta que tenía páginas escritas, se lo advertí. «Son pocas páginas, se las arrancamos, estaba pasando en blanco unos papelitos viejos, los escribí en el 59, se perdieron algunos…», me dijo.  Y aquí están los salvados:

«1ro. de Enero, mi padre y yo fuimos a La Puntilla a las 7:00 a.m., a arreglar una puerta en casa de Luis Echegoyen (Mamacusa), pues en la fiesta de fin de año rompieron casi toda esa puerta, creo que era lo único que  el cómico quería arreglar. Le pagó bien al viejo, a mi papá. Ya de regreso, cerca de una iglesia de por aquí, la situación estaba encendida, había mucha gente en la calle, sobre todo jóvenes que gritaban “¡Viva la libertad!”, “¡Vida Fidel”, “¡Viva el 26 de Julio!”.

«“Yo quiero ver a Fidel y al Che, un argentino como en las películas”, le dije al viejo cuando él quería sacarme del tumulto. Mi padre y yo con mis 12 años abriéndonos paso, con las herramientas. El viejo, cuidando sus cosas cuando en eso uno de los jóvenes, ágil, sacó del maletín de mi padre, el cual no tenía cerrojo, la pata de cabra, y el joven salió corriendo y subió al campanario de una iglesia y él y los otros se pusieron a gritar a la gente, un montón de gente: “¡Viva la liberta…! ¡Viva Fidel! ¡Viva el 26!”. Y mi padre exigiéndole que le devolvieran la pata de cabra porque él vivía de eso. Mi padre era un hombre pobre, sin cultura, pero eso sí, sabía su oficio, sabía de todo en construcción, y tenía como delirio de grandeza por lo que sabía hacer. Un gran carpintero, como mis tíos y abuelos; también su fuerte era hacer chalupas, doblaba la madera como nadie. Yo sentí mucho no ver a Fidel y al Che entre aquellos que le quitaron la pata de cabra, porque yo creía que entre ellos podían estar».

«8 de Enero. Ese día salí de la casa sin comer nada. De Santa Fe corro como un bólido y corriendo llegué hasta el paradero de Marianao. Me colé en una guagua en el paradero y me bajé en 23, de ahí seguí a pie corriendo hasta llegar al Malecón. A las 3:00 p.m., había frío, yo sabía que había frío por la gente, cuando yo tenía puesta una camisa casi transparente. La gente hablaba de expectativas de la llegada de la caravana. Banderas y banderitas cubanas y rojas y negras, “son las banderas del 26”, decían, ¡ahí vienen!… Bueno, cada vez mi espacio se ponía más chiquito, me apretaban y apretaban. Pasaban máquinas, carros pitando, esta es una Fiesta…

«Ya a las 5:00 p.m., decían que era esa hora, yo estaba ansioso, no llegaba la caravana. Como a las 6:00 o las 6 y 30, más o menos, empiezan a pasar carros, camiones con mucha gente encima. ¡Vienen, vienen!, yo expectante y al fin ante mis ojos un tanque de Guerra, y olía a Sierra Maestra. Vi a Fidel frente a mí todo verde, con él los demás barbudos. En ese momento quise inmortalizarlos sin saber cómo, decidí entonces retirarme a mi casa, colándome en las guaguas o como fuera posible y quedarme con esa ilusión. Para mí que vi al Che. Yo lo vi, para mí que sí lo vi, yo tenía que haberlo visto.

«Más tarde, un tiempo después, cuando alfabetizaba en la Sierra pensaba en eso, en esos dos días y me decía que había encontrado mi destino», expresa hoy Fuster, releyendo el testimonio de sus 12 años.

José Fuster alfabetizó, precisamente, por la zona donde operaba el Che, luego pasó a las escuelas de Arte, se hizo ceramista y el pintor que ha pintado y dibujado muchas veces al Che, el argentino…, como le decía siempre a sus 12 años. También ha pintado a Fidel, en el yate Granma. Muros del poblado de Jaimanitas, el hábitat del Maestro, dan fe de ello, desde hace mucho tiempo.

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