Volviendo a Fidel #VotoPorTi #PorCuba

Fidel Castro, en el momento en el que introducía su papeleta en la urna

Por Bertha Mojena

A pocas horas de ejercer el voto por el cual elegiré  al delegado o delegada que me representará ante la Asamblea Municipal del Poder Popular, dialogaba con mis abuelos y una y otra vez – como quien habla de alguien de la casa- volvíamos a las enseñanzas y alertas de Fidel.

A la edad de casi 80 años, mis abuelos hablan con mucha claridad de aquellos años antes de 1959 en que jamás participaron en unas elecciones, a ningún nivel, aunque sí oían por doquier a los que prometían villas y castillas que nunca se cumplían y por supuesto, nada tenía que ver con las verdaderas necesidades de los más humildes.

“Era fácil manipular a la gente – decía mi abuelo- sobre todo debido al mínimo nivel educativo y  el poco acceso que teníamos al conocimiento, a la información, a la cultura. Por eso Fidel insistía cuando se hablaba de elecciones y muchas veces lo escuchamos después, que Cuba no podía copiar de modelos anteriores ni extranjeros, sino elaborar ideas sobre cómo debían ser las elecciones en nuestro país”.

Volví entonces a algunos discursos de Fidel, sobre todo en momentos en los que se reunía con diputados de todo el país y reflexionaba con ellos sobre nuestro sistema electoral, la forma en que se concibió, sus fortalezas y los retos que implicaba que se entendiera y se asumiera como un proceso verdaderamente democrático en el que  todos y todas teníamos una alta responsabilidad.

Para Fidel lo más trascendental era el propio principio base del proceso, donde se cumple que es el pueblo quien postula y elige a sus dirigentes, pero insistía siempre en que este no fuera un “concurso de popularidad”, sino en todo caso “un concurso de méritos y capacidades”. De ahí la importancia de preservar el sistema de la politiquería y la corrupción.

“Nuestro sistema fue democrático desde el principio”, insistía Fidel. “Recuerdo el día que se concibió y se discutió en que todo giraba en torno al problema de quien postulaba.  Así surgió la idea de que postulara el pueblo, de que en cada circunscripción se reunieran los vecinos, propusieran y postularan (…)”

Señalaba el líder de la Revolución cubana que en ningún otro país se  seleccionan los candidatos como se seleccionan aquí: en la base, por los vecinos directamente, después en las Asambleas Municipales por los delegados que los vecinos eligieron directamente y a través de las listas que presentaron las comisiones de candidaturas, presididas por las organizaciones de masas y presididas por la organización de los trabajadores.

A eso le daba una significación extraordinaria, porque garantizaba además tener en el Parlamento mucha gente de base, gente modesta y humilde de todas las esferas de la sociedad y directamente en contacto, vinculadas con el pueblo.

Por supuesto, este sistema imponía retos, desafíos. Entenderlo era uno de ellos, explicarlo y que fuera asumido por todos. Que cada una de las partes implicadas en su organización y buen funcionamiento hiciera correctamente lo que le correspondía hacer, conscientes del compromiso y lo que eso significaba para el pueblo, la repercusión que podía tener.

Otro reto importante era que se entendiera la relación de este proceso con otro tema con el cual se nos ha atacado siempre: la existencia de un Partido único, en nuestro caso un Partido rector de la sociedad y en torno al cual se garantizaba la unidad del pueblo. Pero en nuestro proceso no podía ni debía ser el Partido quien postulara ni propusiera ni eligiera, sino el pueblo.

Mucho había que explicar, y él lo hacía, como también pedía a los dirigentes a cada nivel que lo hicieran y ante cada contexto, cada situación, se impusiera el consenso, el entendimiento, la razón y lo que fuera más justo y noble en pos del bienestar de la comunidad, del barrio, del pueblo.

Por eso en nuestras elecciones no podía haber ambiciones personales ni individualismos. En su esencia debía primar el compromiso de quien se eligiera con sus electores, su capacidad para conocer, entender y exigir porque se resuelvan los problemas que más los aquejan allí donde viven y sus preocupaciones vitales en una sociedad de todos, con todos y para todos.

El delegado o delegada de circunscripción debía sentir que más que un reconocimiento, asumir esa responsabilidad implicaba un gran compromiso con su gente, y ser capaz también de transmitir sus problemas en el momento y lugar oportunos.

Nuestro proceso electoral no es perfecto, claro está, lo ratifiqué mientras hablaba con mis abuelos y volvíamos una y otra vez a Fidel.  Pero es una construcción única, revolucionaria en sí misma y que llega, engloba y hace partícipes a todos. “¿Alguna vez alguien imaginaría que las urnas de un día de elecciones serían custodiadas por niños,  quienes lo asumen con un grado de responsabilidad enorme?”, me recuerda mi abuela.

Hay mucho que perfeccionar, hay metas superiores que cumplir y cada cual en su pedacito tiene que ser capaz de sentir como suya cada acción que hagamos, y ponerle empeño al esfuerzo colectivo por mantener y hacer mejor lo que hemos alcanzado.

Por eso este domingo votaré, en el colegio que me corresponde, en mi barrio, por quien considero el mejor y más capaz, el de mayores méritos y de un innegable compromiso con el pueblo, alguien querido y admirado. Hoy releí su biografía, pública desde hace varias semanas y entonces volví a Fidel, quien también nos decía que nuestra campaña electoral debía ser la propia vida del hombre nominado por el pueblo, su propia biografía, su conducta a lo largo de su vida y su página de servicios a la Patria.

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