Un solo Partido: El Partido de la Revolución

Por: Bertha Mojena Milián y Lianet Cruz Pareta

El Partido Revolucionario Cubano, fundado por Martí hace 124 años, sigue representando hoy la esencia de nuestro devenir histórico como nación, de la nueva raíz que sembró unificando criterios y forjando la independencia. Ha sido sin dudas, el Partido de la Revolución.

Nació – al decir del Maestro- de una “obra de doce años callada e incesante” y de ese “espontáneo nacimiento” se erigió para ser la conciencia pública, el modo visible del alma de un pueblo, su brazo y su voz, el desahogo y la espontaneidad de la opinión libre, pero nunca el beneficio de un hombre o grupos de hombres interesados que se organizan “con la prisa indigna y artificiosa del interés personal”.

Días antes de su fundación el 10 de abril de 1892, ya Martí definía en la edición del Periódico Patria del 14 de marzo, las bases y objetivos del Partido: preparar, ordenar, organizar y dirigir la Guerra que nombró “necesaria” para alcanzar la absoluta independencia de Cuba y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico.

El PRC logró reunir así a todos aquellos que dentro y fuera de Cuba quisieran luchar por la independencia de la Isla y marcó desde sus inicios su carácter solidario y latinoamericanista. Por eso se había esperado tanto, porque “a veces, esperar es vencer”, señalaba el hombre de la Edad de Oro. “Se esperó, donde la espera parecía conveniente a la dignidad y firmeza de la organización, a la opinión de desinterés absoluto y naturaleza popular que merece por sus métodos y fines el partido”.

Y entonces se le elige como Delegado del Partido, misión que asume con la modestia infinita de los grandes, sin otro “gozo que el árido de cumplir la tarea más útil, elevada y difícil que se ha ofrecido” a sus ojos, aunque se sentía orgulloso, sintiendo sobre su frente esa consagración y oficio con que su pueblo libre le había honrado.

Para Martí, era imprescindible no solo aglutinar las fuerzas emancipadoras, sino también realizar un análisis del proceso latinoamericano, no distanciarse del contexto cubano, dando unidad a los esfuerzos independentistas de la región.
Solo así se concretaba una línea programática coherente e inclusiva, en la que diferentes grupos de emigrados e integrantes de la sociedad cubana pudieran unir sus esfuerzos por un país libre, una República democrática, popular.

Aprender también de las contiendas anteriores, superar los escollos, permitiría avanzar y lograr una mayor participación, unidad de pensamiento y de acción, consenso y apoyo entre todos los que querían ver la Patria libre y próspera para sus hijos, sin importar credos religiosos, razas, edades, procedencias. Y lo resumía: “La unidad de pensamiento, que de ningún modo quiere decir la servidumbre de la opinión, es sin duda condición indispensable del éxito de todo programa político.”

El Partido único y de pie.

La fundación del PRC abría el camino para la guerra generosa y breve que había previsto el Maestro, para la llegada de nuevas fuerzas comprometidas con la libertad y el beneficio de su pueblo, más allá de amenazas, diferencias e intereses internos y externos.

Se concretaba la idea de un solo partido que no solo dirigiera la lucha, también encaminara los destinos del país y alertara sobre los que, en nombre de la libertad, exacerbaban un nacionalismo equivocado, lleno de mezquindades e intereses de otro tipo, que nada tenían que ver con el interés colectivo. Y alertaba: “¿Cómo evitar que se vayan tras ellos todos los aficionados a una libertad cómoda, que creen que con esa solución salvan a la par su fortuna y su conciencia? Ese es el riesgo grave. Por eso es llegada la hora de ponernos de pie”.

Para él, solo un Partido podía dar la organicidad indispensable a ese movimiento político basado en ideales que llevaría la Revolución hasta donde fuera necesario para alcanzar los sueños y anhelos por los que se había luchado durante tantos años y se había derramado tanta sangre. Había entonces que “fundar en el ejercicio franco y cordial de las capacidades legítimas del hombre, un pueblo nuevo y de sincera democracia, capaz de vencer, por el orden del trabajo real y el equilibrio de las fuerzas sociales, los peligros de la libertad repentina en una sociedad compuesta para la esclavitud”.

Muchas fueron las funciones que asumió el PRC: recaudación de dinero y medicamentos, colectas públicas, cuotas donadas por los clubes patrióticos en el exilio o por particulares cubanos y extranjeros, cobro de contribuciones a dueños de propiedades en Cuba, organización y envío de expediciones armadas a la Isla. Martí, por su parte, continuaba su labor organizativa y propagandística, surgen más asociaciones patrióticas de emigrados cubanos a los que convoca una y otra vez a unirse, pronuncia discursos, los reúne, reflexiona, los hace partícipes del afán común.

Precisaba: “La unidad de pensamiento, que de ningún modo quiere decir la servidumbre de la opinión, es sin duda condición indispensable del éxito de todo programa político, (…) Abrir al desorden el pensamiento del Partido Revolucionario Cubano sería tan funesto como reducir su pensamiento a una unanimidad imposible en un pueblo compuesto de distintos factores, y en la misma naturaleza humana. (…) es indispensable que, sean cualesquiera las diferencias de fervor o aspiración social, no se vea contradicción alguna, ni reserva enconosa, ni parcialidades mezquinas, ni arrepentimiento de generosidad, en el pensamiento del Partido Revolucionario”.

Este partido único, que guie el camino hacia esa República “con todos y para el bien de todos”, logró además ser el elemento articulador de veteranos civiles y militares de las gestas anteriores convertidos en una fuerza importante de movilización, y a un gran número de trabajadores, sobre todo tabacaleros, comerciantes, propietarios y manufactureros de la emigración muy comprometidos política y económicamente con la lucha.

El liderazgo de Martí y su visión integradora, su autoridad reconocida, le permitieron adelantarse a su época y alcanzar una
concepción de Partido inédita hasta entonces: un frente único, fuerte, que no representara a una clase o grupo social, organizador de la guerra, formador de hombres, impulsor de un movimiento insurreccional, con metas internacionalistas y una marcada visión antimperialista.

El Partido del pueblo.

A lo largo de nuestra historia, políticos, historiadores, investigadores, luchadores, han coincidido en resaltar al PRC de José
Martí como un Partido de masas, por su estructura de base sólida gracias a los Clubes que lo conformaban, por ser muy participativo, democrático, de una organización sólida, compartimentación y divulgación a la vez, fácil para la toma de decisiones y la articulación a todos los niveles.

Desde su creación guió una lucha incesante, con ideas claras, novedosas, convertido en instrumento político vital en el que cada
uno de sus integrantes se comprometían ante todo con la Patria y su futuro, debía ser honrados y luchadores, entregarlo todo y establecer lazos con los que más lo necesitaban: los trabajadores, el pueblo.

Por supuesto, mucho tuvo que combatir tendencias y posiciones contrarias al independentismo, medias tintas, desviaciones, autonomismo, anexionismo, racismo y hasta regionalismo. Pero nada podía afectar el bien mayor. “(…) Si nuestro poder nuevo y fuerte está en nuestra inesperada unión nos quitaríamos voluntariamente el poder si le quitásemos a nuestro pensamiento su unidad.”, señalaba una y otra vez su Delegado.

Igualmente combatió esquemas y desarrolló un sistema de elecciones anuales de todos sus directivos desde la base hasta el Delegado, quienes debían rendir cuenta a sus electores; estos, a su vez, tenían importantes deberes y derechos que cumplir desde lo público hasta lo clandestino, logrando un importante equilibrio con un mando centralizado pero democrático. Conquistar la mayor justicia posible con el apoyo del pueblo justificaba este proceder por encima de cualquier otro interés.

Para Martí solo perduraba lo que un pueblo quiere, por eso el Partido Revolucionario Cubano, era el pueblo cubano. Años después, hombres como Baliño, Mella, Blas Roca, delinearon un camino que profundizó y echó raíces en la Revolución triunfante de 1959, en el Partido Comunista de Cuba, que bebió del carácter aglutinador del PRC, de las ideas martianas, del marxismo leninismo y legitimó la presencia de un solo Partido a lo largo de más de 50 años de defensa de nuestra soberanía.

“Como el Partido Revolucionario Cubano de la independencia, hoy dirige nuestro Partido la Revolución”, ha dicho Fidel, orgulloso del Partido que ha garantizado la unidad de todos los revolucionarios, que ha defendido la Patria, la independencia nacional y ha forjado nuestro camino, como garantía de continuidad histórica.

Y es que el PRC de Martí vuelve a renacer cada abril, o mejor todavía, cada vez que este pueblo, en torno a su Partido – el PCC- lidera batallas, construye un país más justo, una Revolución que no depende de un hombre, ni de un grupo de hombres, sino del alma del pueblo organizado y orientado por ese Partido que resume sus sueños, sus aspiraciones y sus luchas.

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